Santi PalauValenciaTeclados y programación

Santi Palau

Comenzando en la adolescencia a programar sencillas melodías con su Commodore, descubrió su pasión. Desde entonces no para de buscar el sonido, el ruido o como queramos llamarlo.

Test párrafo Desde la infancia, en la que aporreaba su Casiotone, buscó la oportunidad de tocar un instrumento y muy pronto empezó a desarrollar ideas con un viejo Mac Plus, de esos que te enseñaban una cara amable cuando arrancan. Exactamente lo mismo que le pasa a Santi cuando te dice que sí a una propuesta y trata de ponerse a ello aparcando los dos mil proyectos en que anda. Los espacios sonoros del valenciano Santi Palau están en muchos de sus proyectos adheridos a la imagen, sea en videogramas o como bandas sonoras de espectáculos de danza o teatro, algunos de ellos míos (y ése es el honor). Así por ejemplo, en los ’90 realizó trabajos que iban desde la performance conceptual en INSOMNIS, la suite conceptual URBE, inspirada en el paisaje urbano contemporáneo; hasta la música incidental para video. Y, por supuesto, la música compuesta para los primeros espectáculos que llevé a escena como director en Valencia: SKERZO, LA COSTILLA DE ADÁN, la música para los Monólogos de Franca Rame y Darío Fo. Como no podía ser de otra forma con la música de medios electrónicos, la progresión de la música de Santi corre paralela a su ambición compositiva y de producción, la exquisitez y detalle. Desde aquel Casiotone hasta los actuales y complejos programas los saltos han sido constantes. Por eso, cuando le pedí que hiciera la banda sonora de mi último atrevimiento escénico no dudó en plantear una composición con un estilo sorprendente. Mezcló diversas fuentes de sonido, ambientes analógicos reales, instrumentos inverosímiles y un tratamiento del sonido que el día del estreno, en el Teatro Liceo de Salamanca, se convirtió en el referente estético más impactante de POSDATA: TU GATO HA MUERTO. Cuando me mostró los cortes por primera vez, durante los ensayos, no dejábamos de pensar: “si hubiéramos tenido todos estos cacharros cuando empezamos”. Y no, no los teníamos, es cierto. Pero ahora sí.

Quique Culebras

Al principio todo se centraba en un sencillo y, en aquel momento, costosísimo teclado Roland JV-30 cuyos sonidos, básicos y bastante “ochentosos”, se registraban en un estudio portable, que no portatil. El Yamaha MT-120 utilizaba cintas de cassette y podía grabar hasta 8 pistas independientes, todo un estudio en aquel momento. Se empezó a notar que los ritmos eran esenciales y, después de un gran esfuerzo económico, apareció de repente una de las mejores máquinas: la caja de ritmos Yamaha RY-30. Cualquier comentario sería poco, una maravilla de la técnica.

Unos ańos de sequía consumista permitieron el ahorro necesario para el primer ordenador musical, un Mac Plus y la cosa ya no paró hasta el actual iPad (locuras económicas a doquier).

En medio se fue colando una pequeńa mesa de mezclas Behringer, algún procesador de sonido y un capricho de vez en cuando (Nord Modular, Korg N5, Roland AX-Synth, Minibrute, Minilogue o sus queridos modulares).

Cualquier instrumento fuera de su entorno habitual, nos regala sonoridades poco conocidas.

Los efectos clásicos se combinan con la informática musical más pura y sofisticada.